Pesadillas

Una carreta destartalada
me arrulla el sueño.
El conticinio
parece fragoroso mediodía,
y el ojo avizor
es ya un hábito de sayal insomne.
Sé que vendrán por mí…
siempre vuelven,
y entre latines y sopores
exorcizo una parte de mí.
La Antártida visita mi lecho.
Ya están aquí,
lo sé antes de que lleguen.
Pululan insolentes
entre sombras de las sombras.
El pánico es ya un aroma
habitual de estas tierras inasibles.
El atroz esperpento
es apenas metáfora mal lograda
de un poema
que me aturde los renglones del soñar.
¡Quién lograra cerrar los ojos del soñar!
De pronto
un relámpago de conciencia feroz
me revela la verdad:
al otro lado
de mí
está la accidentada estancia
en que habita mi precaria cordura.
Lucho con mis latines desvencijados
contra el esperpento
multiplicado en el laberinto de espejos,
y entre fríos de una memoria secular
logro cruzar mi propia frontera.
Me despierto
en medio de una noche medieval
susurrando apenas mi delgada existencia.
Al final
sólo me quedan el cítrico recuerdo
gastado en versos,
la nostalgia de otras noches impasibles
y la certeza de que mañana… o pasado
volverán.

————–

Alayón, Jerónimo (2011). Paralítica luz. Poemas (1998-2003). USA: Edición del Autor, pp. 20-21. ISBN 978-1-257-35128-2.

Posted in Poesía | Tagged | 3 Comments

Pompeii and Troy

Author: Jerónimo Alayón Gómez
Translation: Robert Hutchinson
A cancer patient …
Misfortune opens the soul to a kind of enlightenment that prosperity cannot discern.
Herni Dominique Lacordaire

 

I have arrived here
to the edge of the world
just to see this unanimous light.

Below
at my feet
remain the dark depths
that one day I conjured,
that everyday I conjured.

I am not a hero
or perhaps… I am
(my battles are so silent to the world!
how good to be this tiny button of light!),
but in me Pompeii and Troy together met.
Pompeii: axe of destiny
Troy: axe of mankind
Who cares which axe when the soul cries out in pain!

Destiny is an axe that I fear.
To men… no: with them, I always get along.
I am an athlete of the light … undefeated!

And I look at my soul…
that poor branch ripped and chopped,
in love with the light, laughter and fire
despite all the axes.

And I look at my hands,
exhausted, almost dead, almost broken.
Open, open, even more open,
as if they had not yet bled enough,
in love with love.
I am an athlete of the light… undefeated!

And the depths… now I see them without bitterness.
What an effort, God, to smile
with the world held tight between the lips
like a kiss between two constellations.

What an effort, God, to not smile from the lips,
but to smile from the soul…
a smile more determined than death.

What an effort, God, to not die before dying,
to smile with light on the lips.

And now I come calmly here,
to the edge of the world
just to see this unanimous light
that I felt in me… and felt in you.
I am an athlete of the light… undefeated!

Pompeii and Troy?
Yes… now they rest in the light, like smiles… harmless….

Caracas, December 24, 2011.

——————————

Pompeya y Troya

Jerónimo Alayón Gómez
A los enfermos de cáncer…
La desgracia abre el alma a una luz que la prosperidad no ve.
Herni Dominique Lacordaire

He llegado hasta aquí,
al borde del mundo
sólo por ver esta luz unánime.
 
Abajo,
a mis pies,
quedan los oscuros abismos
que un día conjuré,
que todos los días conjuré.
 
No soy un héroe,
o tal vez… sí
(¡mis batallas son tan silenciosas para el mundo!
¡qué ventura la de ser diminuto botón de luz!),
pero en mí se dieron cita Pompeya y Troya juntas.
Pompeya: hacha del destino.
Troya: hacha de los hombres.
¡Qué importa el hacha cuando el leño grita la ofendida luz!
El destino es un hacha a la que temo.
A los hombres… no: con ellos me entiendo siempre bien.
¡Soy un atleta de la luz… invicto!

Y miro mi alma…
esa pobre rama troceada y desgajada,
enamorada de la luz, y de las sonrisas, y del fuego,
a pesar de todas las hachas.
 
Y miro mis manos,
fatigadas, a ratos casi muertas, a ratos casi rotas.
Abiertas, abiertas, más abiertas,
como si no hubieran sangrado ya bastante,
enamoradas del amor.
¡Soy un atleta de la luz… invicto!
 
Y los abismos… ya los miro sin rencor.
Cuánto afán, Dios, para sonreír
con el mundo abrigado entre un labio y otro labio
como un beso entre dos constelaciones.

Cuánto afán, Dios, para no sonreír desde los labios,
para sonreír desde el alma…
para sonreír más tenaz que la muerte.

Cuánto afán, Dios, para no morirme antes de morirme,
para sonreír con la luz en los labios.
 
Y ahora vengo sereno hasta aquí,
al borde del mundo
sólo por ver esta luz unánime
que presentí en mí… y que presentí en ti.
¡Soy un atleta de la luz… invicto!

¿Pompeya y Troya?
Sí… ahora yacen en la luz, como sonrisas… inofensivas…

Caracas, 24 de diciembre de 2011.

Posted in Poesía | Tagged , , | Leave a comment

Dura menos un hombre que una vela… (Eugenio Montejo)

Dura menos un hombre que una vela
pero la tierra prefiere su lumbre
para seguir el paso de los astros.
Dura menos que un árbol,
que una piedra,
se anochece ante el viento más leve,
con un soplo se apaga.
Dura menos que un pájaro,
que un pez fuera del agua,
casi no tiene tiempo de nacer,
da unas vueltas al sol y se borra
entre las sombras de las horas
hasta que sus huesos en el polvo
se mezclan con el viento,
y sin embargo, cuando parte
siempre deja la tierra más clara.

Posted in Textos Ajenos | Tagged , , | 3 Comments

Rey de papel

Con espinas en las letras
escribía mi penúltimo verso.
Mi alma,
un eco sin dueño.

Era de noche
y una metáfora paralítica
tocó la aldaba de mi sepulcro.

Era el hombre sin tiempo,
dios desolado,
arpegio sobre barrotes,
rey de papel
en castillo de fuego.

Y supe entonces qué hacer:
con el filo musical de mi daga
cercené
las
venas
a
mis
palabras.
————-

Alayón, Jerónimo (2011). He aquí el dios desolado. USA: Lulu, p. 20.

 

Posted in Poesía | Tagged , , | Leave a comment

paisaje que no es paisaje

me asomo a esta ventana
y miro
no      no miro el paisaje
      al menos no el de fuera
miro al otro valle      el de ungaretti
      el que nunca queremos mirar
y pienso a los cuarenta
que el camino se ha hecho largo
      tanto que casi parece acabar
      como un camino raro      tortuoso      torturoso
no miro los valles de siempre
ya sé que siguen allí      ni modo
me miro a mí
      este valle ajeno que soy
mis ojos ya no esperan espectáculos
      se guardan para el silencio
      sí      el silencio
      porque mis ojos ya no escuchan
una niña dulce viene a mí
es mi hija
      y no tiene mis ojos
      que miran valles inexistentes

Posted in Poesía | Tagged , , | Leave a comment

la cotidiana manera en que te extraño

esta ventana ya no es una ventana
      sino un televisor
que se empecina en perfeccionar
la imagen de tu espalda en la lejanía

suena el teléfono
y corro a contestarlo
      no por oír tu voz
      sino por el recuerdo de ti
impregnando todas las voces

camino por las plazas mirando a la gente
y escudriñando sus rostros
      pues entre todos
      armo el rompecabezas de tu sonrisa

el pito del subterráneo
avisando la próxima estación
me recuerda el sonido gutural
con que anuncias la primavera de un beso

y si enciendo la licuadora
para batir un chocolate
      me parece que me miras
      desde el ojo del remolino
con la picardía de devorar mi cuerpo

me doy una ducha
y abrazo mi inerme carne
con una toalla color piel
      y      de pronto
      sin haberlo presentido
tú y yo somos dos toallas
      entorchadas
      que gorjean el amor

Posted in Poesía | Tagged , , | 1 Comment

La muerte en francés

El bulto se escurría una vez más en la penumbra del fondo de la biblioteca. Benito levantó la mirada del poema a medio hacer, y fijó sus ojos en el rincón donde convergían los estantes de libros, pero no vio nada. La sensación de que algo se movía al fondo de la biblioteca lo asediaba noche tras noche, cuando gastaba sus mejores horas de descanso escribiendo poemas que nunca mostraría, pues a él le bastaba con disfrutar aquella contradictoria mezcla de placer y angustia que le producía escribir.

La biblioteca era muy amplia. De hecho era la habitación más grande de aquella vieja casona que Benito había comprado con el dinero de la herencia. Benito era adicto a los libros antiguos, los candelabros y los quinqués, todo lo cual hacía que aquel recinto flotara en una especie de niebla amarilla (sólo recuerdo haber visto una biblioteca semejante en Possession, de Neil LaBute).

Una noche en que Benito escribía con mayor frenesí que de costumbre, tuvo la misma extraña sensación de las noches anteriores, sólo que esta vez a la par del difuso bulto escuchó el sonido de algo que caía. Entrecerró los ojos para vencer su miopía, y pudo divisar en el fondo umbroso de la biblioteca lo que parecía un libro caído. La evidencia física ponía fin a lo que hasta entonces parecía el producto de una mente y un cuerpo exhaustos por el cáncer.

Se levantó con su ya acostumbrada torpeza, y cuando estuvo al pie del estante pudo constatar que el libro caído era un poemario de François Villon, una suerte de poeta maldito del siglo XV francés. Se trataba de una edición antigua de sus obras completas, publicada en París en 1835, bajo el título Oeuvres de Maistre François Villon.

Al abrir el libro podía apreciarse una portadilla que decía Harvard College Library y una cota escrita a mano: 38514.20. También estaban la firma del dueño, Jean Henri Romain, y del registrador de Harvard, Jucker Jund, con la fecha «1876, April 10». Era evidente que Benito tenía en su biblioteca algunos libros de dudosa procedencia. Una vez lo oí decir: Toda biblioteca que se precie de tal debe tener unos libros adquiridos con nuestro dinero, otros regalados, otros que algún tonto nos prestó y finalmente algunos hábilmente hurtados.

El libro había caído abierto en la página 305, en la conocida «Cuarteta». A pesar de que había sido por años su favorito, ahora el poema le resultaba chocante y no sabía si por el contenido o porque Villon lo había escrito en la víspera de su ejecución:

Je suis
François, dont ce me poise,
Né de Paris, emprès Ponthoíse;
Qui d’une corde d’une toise,
Sçaura mon col, que mon cul poise.

[Yo soy François, ¡cuánto me pesa!
Natural de París, cerca de Pontuesa.
Pendiendo en una horca de la cuerda,
sabrá mi cuello lo que mi culo pesa.]

Benito cerró el libro con un golpe  seco y lo devolvió a su lugar. Fue cuando se percató de que estaba caído a dos  metros de donde iba, y le extrañó, pero no le dio mayor importancia, pues la «Cuarteta»  lo había dejado como una caja de fósforos humedecida. Cuando terminó de colocar  el libro de Villon, pensó: «Algún día  todos seremos como un libro caído que alguien regresará a los anaqueles  torcidos de la memoria». Consideró que aquella frase era digna de ser  escrita y se sentó nuevamente a su mesa. Tomó la pluma y notó el pulso  tembloroso de su trazo. Aquel temblor ya no se iría de sus manuscritos.

Varias noches se repitió el hecho en  idénticas circunstancias. Sólo variaba la página donde caía abierto el libro.  En una ocasión había quedado justo en el «Epitafio de Villon», mejor conocido  como la «Balada de los ahorcados». A Benito le sobrecogió leer:

Nous sommes mors, ame en nuis Harie.

[Muertos estamos, que nadie nos moleste]

Mientras miraba su piel amarilla por  la ictericia, comprendió que la muerte suele estar más cerca de lo que a menudo  deseamos, sólo que encubierta, acechando.

Una de esas noches extrañas, Benito  precisó con la mirada el escurridizo bulto, y pensando que se trataba de un  ratón, se dirigió con paso tambaleante hacia el fondo de la biblioteca. Sin  creerlo vio cuando el libro de Villon avanzaba por el entrepaño y caía  intentando saltar al estante contiguo. Un zumbido en su cabeza lo hizo  tambalearse aun más. Se recostó del estante, y allí se quedó como esas columnas  abandonadas de las construcciones derruidas. Cuando reunió el coraje  suficiente, recogió el libro, lo cerró sin mirar dónde había quedado abierto y  lo regresó a su lugar.

A la noche siguiente se repitió todo  con milimétrica exactitud, pero Benito decidió no recoger el libro. «Si tanto le gusta el piso, pues que viva en  él».

Llevaba tres noches el libro caído  allí, cuando se reanudaron los celajes en el fondo oscuro de la biblioteca.  Benito intentó ignorar el asunto, pero las sombras y los ruidos no lo dejaban  concretar el trazo de una caligrafía agonizante. Enderezó sus pasos (es una  metáfora) hacia el fondo de la biblioteca. El libro de Villon no estaba en el  suelo. Un susurro ininteligible venía del estante derecho. De abajo del mismo  salió el libro de Villon: ¿Crees en la  muerte? –inquirió.

Benito perdió el equilibrio y cayó  cuan largo era. No podía creer que un libro le hablara. Sus escasas carnes no  pudieron amortiguar el golpe, pero el mayor impacto lo tuvo en su cabeza, que  no dejaba de dar vueltas con la pregunta. Por un momento tuvo claridad: «Debo  estar alucinando. Es natural en mi estado terminal». François Villon repitió la  pregunta, esta vez en francés: Croyez-vous  à la mort? Y Benito, mirándolo a los ojos, por fin respondió: Je suis mort.

Posted in Narrativa | Tagged , , | 2 Comments

las fuentes callan con su torpeza de invierno

me quedé mirando
tu amor
como una fuente en invierno
      tan distante y helado
      tan de estalactita y puñal en hielo
que la tarde se hizo crepúsculo
y el corazón se hizo noche
      y se fue caminando
            por una vereda llamada
            desilusión
            tristeza
      qué más da el nombre
      para nombrar            esta soledad
            esta muerte

Posted in Poesía | Tagged , | Leave a comment

de mí parten las aves esta mañana

ya no apremio las aves
que a mí llegaban cada mañana
      de mí parten las aves esta mañana

todo el miedo es paz hoy
ya no hay lucha
de una parte de mí
      con el resto de lo que soy
      soy uno
y abrazo mis tristezas
      sin reclamo
      sin solemnidad
y por sobre su hombro
veo partir las aves de mí esta mañana

mis palabras también se van de mí
como trenes
que olvidaron sus rieles

y estoy aquí
en este lugar donde nunca estuve
      con esta mirada que nunca tuve
            con esta voz que nunca tuve
      sin anhelo de atesorar
no      ya no
      ya no hay esclusas ni diques
y todo se marcha de mí      sin adiós
      en paz      sin mí
en las aves que de mí parten esta mañana

y ahora
      que mis aves me van desgranando
      el alma y todo
escucho el silencio que se fuga
entre las letras de mi nombre
con las aves que de mí parten esta mañana

la poesía
es inmensa despedida      de mí
y el alma      humo que asciende
al fin libre entre mis manos
que son ahora alas
de las aves que de mí parten esta mañana

tanta lucha vana      dios
      tanta vida vana      dios
            sí      tanta vida
                  cuánta vida resta
para dar alas a la voz que perdí
en las aves que de mí parten esta mañana

tanto miedo      jerónimo
      tanto y cuánto miedo
      a las voces de pavura
      que en sueños te susurran
      sus versos jamás oídos
            jamás sufridos
                  por ningún ángel de piel humana
ya no luches más      déjate caer      doler      sólo eso
y acoge las voces que tanto han gritado en ti
con el pétalo caído que nadie ve
y sólo entrégalas
a las aves que de ti parten esta mañana

dices que nadie las entenderá
qué más da
con ellas harán símbolos equívocos
y dirán la canción del champagne
qué más da      jerónimo
      qué más da lo que habrán de llevarse
las aves que de ti parten esta mañana

todo el miedo
      y las noches amarillas
      y las pesadillas de bestias inéditas
      y las voces celestiales de los sueños precarios
todo el límite que has negado cruzar está hoy aquí
y ya no podrás negarte
sólo ven a fundirte con mi voz
      y no niegues ser unanimidad
hace tanto que aguardo por tu pluma
para entregar los versos que faltaron
a las aves que de nosotros partirán cada mañana

Posted in Poesía | Tagged | Leave a comment

noche de tempestad

A Alejandra Pizarnik, a quien mi poesía debe tanto que ya no sé dónde acaba mi letra y dónde comienza su voz.

las luces y los rugidos
me gritan su amenaza

parece
que todo el odio del mundo
está contenido en este cielo

y yo te espero      alejandra
con mi pavura      te espero

hay cada vez más sombras
terribles
que gritan sus eléctricas luces
      que gritan sus roncas voces
y yo temo que no llegues

hoy la noche
es una cueva que asusta
y no hay pájaros      alejandra
      no hay
ya se fueron los pájaros
      y tú no llegas
ya se fue el amarillo
      y tú no llegas
ya se callaron las voces
      y tú no llegas

dime      mi alejandra
      dime dónde estoy
      acaso ya caí
      por el ojo de la noche
      que nunca cesó de mirarme

y esta noche tu voz también calló
por qué      alejandra      por qué

por qué sólo escucho esta tempestad
que me grita
con su muerte unánime

y cerrarás mis párpados
      dulcemente
            alejandra
y me dirás
      dulcemente
            descansa
                  azul mío
            descansa
                  que ahora todo el dolor es luz

Posted in Poesía | Tagged , , , | Leave a comment